Anhelos

Albatros errante

Me tiraré. Saltaré al vacío.

Eso piensa mientras escucha a la chica que le habla desconsolada sobre la muerte de su madre. Es la quinta paciente del día. Con la mente agotada, siente lástima por ella, se muestra cercana, condescendiente, y, a la vez, forja el muro donde esa pobre chica se va a apoyar. Siente un dolor terrible en las zonas media y superior de la espalda, en los trapecios y las dorsales anchas, justo donde sus alas se reproducen. Es el precio que hay que pagar, se repite, conocedora del coste de la metamorfosis.

Le cuesta concentrarse, tanto escuchar a los demás la aleja de su propia vida, pero su cerebro aprovecha los resquicios de dispersión para insertar imágenes de su padre enfermo, su madre, sus facturas, su novio, el máster, el capullo director de tesis, sus amigos…Mira de reojo y lee esa frase en grande que copa el protagonismo de la pared de la consulta: “Quien mira hacia fuera sueña, quien mira hacia dentro despierta”. Vuelve en sí. Le manda deberes a la chica y la cita para dentro de dos semanas. Ojalá supiera si estaré aquí en dos semanas, piensa. La acompaña a la puerta y se despide.

Vuelve a sentarse en el escritorio y escribe notas en un folio, después saca otra libreta de tonos pastel y dibuja rápido una chica con unas alas pequeñas, pero bonitas. Al lado escribe “Alas de mariposa”. Se va corriendo a la ventana y ve alejarse a la chica, confirma que son alas de mariposa. Desde allí arriba ve mejor el mundo, todos se ven muy pequeños, desde allí todas las alas se equiparan. Las calles están llenas de gente con alas, piensa.

Hay cientos de tipos de alas. Hay alas de termita, diminutas y apenas perceptibles, muy comunes, que apenas permiten levantarse del suelo a sus dueños. Hay alas de mosca, pequeñas, ruidosas y cojoneras. Hay alas de mariposa, bellas, que llenan el aire de color. Hay alas de gallina, de paloma, de gorrión, de gaviota. Y hay alas de águila, que cortan el viento con tanta fuerza que quien se cruza con ellas se levanta, dan impulso al despegue.

Tras la ventana del despacho, es de noche y la vista es sobrecogedora: una coctelera de luces y ruidos dispersos. Sube a la ventana y se pone de pie sobre el alfeizar. El dolor de espalda es cada vez mayor, sus dorsales son las compuertas de una presa que ceden ante la presión de toneladas de agua. Tranquila, confiada, cierra los ojos y siente el aire agitándole el pelo. Respira. Salta al vacío. Se tira de cabeza, con valentía.Coge velocidad, describe una curvatura hacia delante. Sus alas se extienden amplias. Son muy grandes, unos tres metros de largo cada una. En proporción, las alas son casi el doble que su cuerpo, como las del albatros errante. Planea a cierta distancia del suelo y comienza a ascender. Son alas tan grandes que apenas necesita batirlas, podría planear durante días, nada que ver con otras aves rapaces.

Y vuela. Cruza el pacífico hasta Santiago de Chile, hace escala en Buenos Aires y vuelve a la ventana, desde donde observa su mundo de gente con alas. Y vuelve a salir a Barcelona, y a París, y a Estocolmo y viaja a Sídney, haciendo noches en Teherán y en Manila. Bate sus alas con tanta fuerza que quien se cruza con ella se eleva.

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