Momentos en la vida de Julito Neri

Cuando la muerte se viste de rubia

—Qué guarra la jodida. Qué miedo me daba la jaca alemana con sus pechos en su sitio. Conforme se iba acercando, mejor veía sus carnes prietas y más tiesa se me ponía la pija. Ya me había echado el ojo, ya te digo, todos los días, cuando llegaba a la orilla y se quitaba el sujetador del bikini, miraba de reojo y se reía. La cabrona se reía. Y detrás de sus gafas de sol escondía la mirada de la muerte. Cuando se acercó, casi me mata. Vino hacia mí como un cohete, nadando cual tiburón con ojos de leona, con sus pezuñas apuntándome al paquete duro. Quería agarrarlo, matarme súbitamente por erección. Yo sufría de pensar que la abuela y Julito, enfrascados en la construcción de castillos de arena, pudieran verme, así que la esquivé como pude, hice un esfuerzo del carajo para quitármela de encima. Y, poco a poco, salí del agua para posarme bajo la sombrilla. Toda la sangre me bajó al miembro. Qué puta la rubia.

¡Ay! ¡Mi Manolo! Él nunca había hablado así. Casi sesenta años de matrimonio y nunca lo había escuchado hablar de esa manera. ¡Por María santísima! Y menos delante de mí y de los niños. Todos pensamos que era la versión de un viejo verde drogado por los efectos del sedante. Qué susto me dio cuando vi que su cabeza empezaba a caer sobre la mesa. No podía mover el brazo. Decía cosas muy raras, no se podía expresar, y, de repente, ¡crash! Cocotazo sobre el plato de lentejas.

Él seguía en la cama hablando con nuestro hijo mayor (el padre de Julito), masticaba con dificultad un chicle con la boca abierta. Parecía una de esas jóvenes, ¿cómo les llaman? Sí, las chonis. Le costaba hablar y masticar al mismo tiempo.

—Qué rica estaba, Luis, qué rica. Trató de matarme, pero qué rica estaba. Qué culo. Qué tetas. Qué guarra la jodida. Y mírame ahora, aquí tirado en la cama sin poder mover ni un puto dedo. ¿Has visto las enfermeras? Son jóvenes y guapas, siempre hay que causar buena impresión —cogió un peine y se lo pasó por los pocos pelos que le quedaban. La raya a un lado.

Me coloqué a su derecha, era el ángulo de visión que aún le quedaba. No pude contener la emoción y se me saltaron las lágrimas. Le quité velocidad al abanico para que no notara mi nerviosismo. Al sentirme cerca, me dijo que me acercara más.

—¿Quién eres?

—Soy María, tu mujer.

Hizo un gesto para que me aproximara a su boca. Lo besé. Le acaricié la mano. Me susurró al oído.

—María, la muerte vino a verme. Qué buena estaba.

Esa frase me llegó al alma. Mi Manolo había visto la muerte de cerca y yo estaba en medio de un ataque de nervios. ¡Ay! Cómo quería a mi Manolo. Con esas palabras, y poco más, entre risas y lágrimas de los presentes, finalizó la media hora de visita. El aspecto de mi marido era lamentable, se le veía más viejo, con pocas fuerzas. El médico había dicho que tenía un cerebro fuerte y que, a pesar del peligro de un derrame así, tenía pinta de poder recuperar algo de la movilidad perdida en el lado izquierdo del cuerpo.

Luis me acompañó a la siguiente visita. Fue cuarenta y ocho horas más tarde. Me pasé todo el viaje dándole al abanico. Luis me advirtió de que inconscientemente me daba golpes en el pecho, que hacíanrepicar las cadenas de mis colgantes de la Virgen. Gracias a Dios, mi Manolo se había estabilizado y lo habían trasladado a planta. Cuando entré a la habitación, tenía mejor pinta. Lo besé. Me puse en el ángulo y me reconoció.

—¿Cómo estás, cariño? —le dije.

—No tan bien como tú, mi amor. Estoy débil. Quiero irme a casa.

—Enseguida vendrás. En cuanto estés mejor y el médico nos dé el visto bueno.

—Oye, ¿le diste la caja de naranjas a Miralles?

—Sí, pasó a recogerlas. Te manda un abrazo grande. Me ha dicho que, en cuanto estés mejor, viene a verte.

—Dame un chicle, anda. Tengo la boca seca.

Estaba contenta. Parecía que mi marido había recuperado la cordura. La conversación se desarrolló dentro de la normalidad. Entonces, de nuevo, cogió su peine, se hizo la raya a un lado y me indicó que acercase la oreja.

—María. La enfermera, la rubia, ¿la has visto? Es una belleza. Cuando me mira, me sonríen los huesos. No quiero que me toque. Me quiere matar. ¿Ves mi brazo? Todos estos moratones son por su culpa. No sé si es que no sabe pinchar o lo hace a posta. María, por favor, dile al médico que no la deje venir más. La rubia no. Y eso que es guapísima y me sonríen los huesos. Pero la rubia no.

Le dije que hablaría con el médico. Después, le comenté a Luis sus palabras. Llegamos a la conclusión de que todavía deliraba. Me dijo que era normal, el médico había dicho que había que darle tiempo al cerebro para que volviese a estabilizarse. Yo seguía contenta, al menos, lo veía mucho mejor que la vez anterior, y había muchas esperanzas de que estuviera pronto en casa.

Lo que no entendía del todo era esa obsesión por las rubias. Desde que lo conocí, mi Manolo nunca me había hablado así de ninguna otra mujer, y menos con esa soltura. Tampoco sabía de esa predilección por las rubias. Yo de joven era rubia, ahora el tinte castaño me sentaba mejor.

 

Lo único que yo quería era ver a mi Manolo sano y de vuelta. Y me sentía incapaz, lo único que podía hacer era ir a verlo cada tres o cuatro días, besarlo y acariciarle la mano. Al cabo de dos semanas el médico dijo que podía volver a casa y comenzar con la rehabilitación. Entonces, pensé que podría darle una sorpresa: sí, me teñiría de rubia, como la jaca alemana y la enfermera.

Cuando llegó el día estaba impaciente, deseaba verlo llegar a su hogar. Esa mañana fui a la peluquería. El rubio me favorecía. Me coloqué uno de mis mejores vestidos y esperé a que sonara el timbre. Cuando llegaron a la puerta Luis tocó el pito. Mi Manolo entró, con ayuda del andador. Pasó por la puerta con gesto alegre, levantó la vista y me miró.

—¡Ay, Dios!—dijo.

Y con un ¡crash!, se desplomó.

—Ay, mi Manolo.

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