Ojos de lobo

Ojos de lobo

La veo venir, se acerca hacia mí con aire sosegado. Posa su frente sobre la mía yse frota contra mí como queriendo ver qué hay dentro. Mi frente es opaca, pero siento que su alma atraviesa los huecos de los ladrillos derrumbados. Advierto algo que no controlo. Me empapa. Mi frente comience a moverse, a acariciar su cuello y a sentir. Siento que mis huesos forman parte de algo más, un universo de claridad y esperanza. Veo belleza. Me siento transparente. Los huecos sin ladrillo le hablan de una luz escondida por las sombras. Me dice: te veo. Y me ve, con esos ojos de lobo que sacan la verdad de mí mismo para ponerla en el lugar correcto.

Cuando despierto, miro al lado y veo otro cuerpo, otros labios y otros ojos. Entonces, comienzo el día como el resto de los de esa semana, de ese mes y de esos años. Escribo: “Hola, soy yo. Me preguntaba si después de todo este tiempo te gustaría verme, para superarlo. Dicen que el tiempo cura, pero no ha hecho mucho conmigo. ¿Hola? ¿Puedes oírme? Sigo soñando acerca de cómo solíamos ser cuando éramos jóvenes y libres. Se me había olvidado cómo era el mundo antes de que se hundiera bajo nuestros pies. ¡Hola! Hola desde el otro lado. Te he soñado miles de veces y quiero decirte que lo siento, por todo lo que he hecho, por romper tu corazón”. Y como cada una de las mañanas que lo he escrito, lo borro.

Es un día normal. Recibo una llamada de mi antigua casera. Sus actuales inquilinos se mudan y han encontrado una caja que al parecer me pertenece. Mi cabeza empieza a dar vueltas y a imaginar un juego de piratas en el que soy el protagonista. Empiezo a fantasear con juguetes que perdí en el paso a la vida adulta, tesoros encontrados en mis viajes de aventuras. En ese lugar que me dio tanto, la casera espera a la mujer que duerme en mi cama con una amplia sonrisa, satisfecha con la idea de contribuir a este día con algo de felicidad. Cuando veo la caja, mi intriga se desvanece. Hay una frase escrita enel cartón: “pantalones viejos”.

Lo más probable es que dejase esa caja adrede. Ya en casa, la abro curiosamente desilusionado y echo una ojeada: pantalones de chándal con motas de pintura blanca, pantalones de pana desgastada y, al fondo, los vaqueros de pitillo que usé en el baile de fin de curso para imitar al estudiante rebelde Danny Zuko. Los colegas pensamos que bailar GreasedLightning nos catapultaría a la fama con las chicas del instituto.

Me pruebo los pantalones enfrente del espejo. Entran bien, pero aprietan la cintura, los años no perdonan el ensanche de caderas. Estoy solo, así que pongo la canción y trato de recordar los pasos. El reflejo del espejo me hace reír a carcajadas. Entonces, cedo unos metros, me siento en un taburete bajo y me contemplo, consciente del absurdo del paso del tiempo. Del pasado o no, soy un fantasma. Meto la mano en el bolsillo y saco una fotografía. Es la imagen de un rostro, cortada en horizontal por la mitad de la nariz y por encima de las cejas, justo donde empieza a aparecer un flequillo recto de esos que a veces vuelven a ser moda. Veo unos ojos profundos, grises con tonos azulados y pequeñas manchas amarillas. Volteo la fotografía y leo: “tus ojos de lobo”.

Sí, mis ojos de lobo. Esos ojos que un día me dijeron que eran míos y que veían más allá de la opacidad de las cosas para descubrir mi verdad. Oigo crujir la puerta. Alguien llama ansiosamente. Supongo que para ver qué o quién anda por ahí. Me escondo, no sin antes guardar esos ojos entre los libros de la estantería.

Pasan los días igual que pasan las horas y los sueños me mantienen despierto, me duermo en la luz del día y me confundo ante esos ojos que cogen fuerza, como un aullido en la mitad de la noche vacía.

Es domingo, toca día de compras. Tras un largo día de sueño consumista, la mujer que duerme en mi cama y su hermana pasan por una tienda de decoración de interiores. Yo las sigo. Una lámina decorativa las hace parar. Comentan el cuadro que están viendo. Curiosamente, les transmite algo, tanto queen sus ojos asoman lágrimas. Levanto la vista. La veo: esa mirada penetrante que me perteneció está por todos lados. Cuelga del techo y de las estanterías, multiplicándose por cien. Abajo, firmado: ojos de lobo. Seguimos camino del coche y luego a casa como cualquier otro domingo de paseo y compras. Me pregunto si es un mensaje. Tiene que serlo. La fotografía que tomé ese día ha vuelto para hacerme saber que esos ojos también me buscan.

Es lunes, espero a estar solo para sentarme delante del ordenador: “Hola, te escribo desde el otro lado. Te he visto. Te veo. ¿Hola? ¿Cómo estás? Espero que estés bien. ¿Saliste de la ciudad donde nunca pasaba nada? Ya no es un secreto que los dos vivimos fuera de nuestro tiempo, yano me importa si alguna vez te hice llorar. He intentado escribirte miles de veces, pero nunca lo he visto tan claro. Quiero decirte hola desde el mismo lado”. Entonces, vuelvo a borrar, decido que lo mejor es buscarla, ver sus ojos de lobo.

Estoy nervioso, tanto como la primera vez que los vi, como la primera vez que hicimos el amor. Recorro con miedo e impaciencia las calles que un día me llevaron hasta ella. Y desde una distancia próxima, la veo.

Camina. Se ríe como solía hacerlo, contagiando con su luz a sus acompañantes: un hombre y un niño.Unos cinco metros me separan de ella y me quedo ahí. De pie. Parado. Sus ojos no brillan como antes, los percibo como quien ve otro cuerpo, otros labios, otros ojos. Hasta el instante en el que se queda mirándome. Perpleja. Una mirada de luz, tan profunda como la sinceridad y tan penetrante como la franqueza. Se para, posa las manos sobre el corazón. Levanta la mano como queriendo alcanzarme. La siento. Como la sentí en su momento, de nuevo, para querer decirme mi verdad. Entonces, aparta su cabeza y sigue su camino. Como quien ve a un fantasma. Con lágrimas en sus ojos de lobo.

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