Unicornios Urbanos

Unicornio, primera parte

Si la cotidianidad es eso que ocurre y se repite todos los días, para Álex, buscar unicornios se había convertido en algo cotidiano. Una rutina insólita, quizá, que se hizo habitual para su corazón soñador. Antes de meternos de lleno en la historia, cabe decir que para nuestro protagonista el unicornio podía encarnarse en cualquier ser humano que tuviese el carácter noble, puro y espiritual de esa especie de caballo con un cuerno en espiral en la frente.

La búsqueda ponía a prueba la certidumbre y el convencimiento de Álex. Cada mañana, se calzaba las zapatillas desgastadas y salía a la caza de ese ser inmune a los hechizos, a los conjuros de muerte y al veneno. Más de dos años buscando en los ojos de las señoras mayores que hacían cola en la panadería, entre los hombres altos con traje y corbata que marchaban rumbo a los rascacielos y el rostro infantil de los adolescentes con mochila que, a pares, recorrían el camino a la escuela.

Normalmente, comenzaba por las cafeterías que vendían comida para llevar. Pret A Manger. Starbucks. Costa Café. Tras esperar en la cola, hacía su pedido mostrándole los hoyuelos a las cajeras que le servían el croissant de chocolate, las cookies también de chocolate, el zumo de naranja. Luego se quedaba mirándolas a los ojos: “Espero que tenga un día maravilloso, señora”, solía decir. Pero la frase, construida para captar la atención de unicornios, apenas les merecía un escueto “gracias” o una sonrisa forzada.

En una ocasión, tras soltar su frase señuelo, una mujer negra y gorda, con una sonrisa que iluminaba el día, le regaló un muffin con arándanos. Tras el regalo, pensó que podía tratarse de un unicornio. Para comprobarlo, volvió todos los días de la semana. La señora apuntaba maneras: le esperaba cantando soul, le regalaba una sonrisa reluciente y un muffin, pero no era un unicornio. Álex recordó que la caza de unicornios era particularmente compleja: aunque la señora se mostraba solidaria y generosa, no parecía demasiado inteligente. Los unicornios, en cambio, eran seres brillantes.

A la salida de la cafetería iba comiéndose el croissant y bebiéndose el zumo mientras pensaba en el siguiente señuelo: cookies de chocolate recién hechas. Ningún unicornio, se decía, puede resistirse al chocolate. Recorría las avenidas del centro fijándose en los portales de los edificios altos. Cuando encontraba un posible unicornio sentado en un portal, se acercaba, sacaba una cookie y se la daba diciendo: “Espero que esta galleta te alegre el día”. Casi siempre le daban las gracias, muchas veces le sonreían, pero, tras entregar la galleta, Álex salía andando en otra dirección, esperando a que la persona lo siguiera, porque los unicornios, aunque son seres independientes y reacios al contacto, siempre siguen a la gente buena que realmente desea su ayuda. Nunca ninguno lo siguió.

Los días se hacían largos. Le salían ojeras por la espera. Sin embargo, Álex mantenía la sonrisa y la amabilidad. Cuando se notaba impaciente, sacaba de la mochila El Viejo y el Mar y se repetía: “La mayor virtud de un pescador es la paciencia”. Y seguía su marcha.

Un día, comenzó a llover. A Álex le gustaba llegar a casa con la ropa empapada, pero ese día había estado pescando unicornios de traje y corbata y llevaba puesto su traje de gala, así que quería protegerlo. Entró en un Starbucks y se sentó en un sofá. Estaba mirando llover por la ventana cuando un hombre alto de traje y corbata salió del local, abrió su paraguas y echó a correr. Al abrir el paraguas, dejó caer un billete de diez libras. Álex salió disparado. Llovía a cántaros. El agua que rebotaba de los charcos le clavaba agujas de hielo en las espinillas. Al doblar la tercera esquina, encontró al hombre alto pidiendo un taxi. Estaba agachado, hablando con el taxista, y Álex lo sorprendió por detrás:

—Señor, disculpe la osadía, pero creo que este billete es suyo. Se le cayó del bolsillo al salir del Starbucks.

El hombre se mostró muy agradecido. Álex se dio media vuelta y echó a andar en otra dirección. Al cabo de unos treinta segundos, escuchó el claxon de un coche. Era el taxi. El hombre alto se bajó sin paraguas (no le importaba la lluvia) y le dio un sobre blanco. Y así, empezó la historia del unicornio.

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